Cuatro cosas, y todas antes de empezar. La proporción de los dientes: qué tan largos y qué tan anchos van, y cómo se relacionan entre sí, que es lo que hace que una sonrisa se vea armónica o se vea hecha con la misma plantilla que todas. La línea de la sonrisa: el borde que dibujan los dientes de arriba cuando sonríes, y si hay que emparejarlo. La encía: cuánta se ve al sonreír y si hay que hacer contorno antes. El color: qué tan blanco, y qué tan natural.
El resultado no es una idea general, es una propuesta específica sobre tus dientes. Cuando la apruebas, esa propuesta es la que se ejecuta, y por eso el tratamiento después no tiene sorpresas: ya viste a dónde va.
Después del diseño viene el tratamiento que haga falta
El diseño puede terminar en carillas de porcelana, en carillas de resina, en coronas, en contorno de encía, en blanqueamiento, o en una combinación. Es la razón por la que no se puede cotizar una sonrisa nueva sin ver tus dientes: dos personas que piden lo mismo pueden necesitar tratamientos distintos.
Si hay caries, encía inflamada o un diente que necesita endodoncia, eso va primero. La estética no se pone encima de un problema de salud, se pone después de resolverlo, y eso también sale en el plan.